El oficialismo de cara al 2027

En unos pocos meses, ya sea que se vote en marzo o en octubre, Catamarca estará en campaña para la elección de gobernador, intendentes, legisladores y concejales, y el oficialismo siente, por primera vez desde 2011, que puede perder.

El peronismo, que viene ganando elecciones haciendo la plancha desde hace 15 años, se enfrenta a su prueba más difícil, justo en 2027, cuando podría igualar la marca de 20 años seguidos de gobierno que logró el radicalismo entre 1991 y 2011.

Con cuatro mandatos sobre el lomo, el peronismo perdió la magia y la épica. Hay desgaste, hay distancia de la gente, y no tiene ni siquiera un discurso claro.

El peronismo está virtualmente acéfalo en Catamarca, con un partido que conducen en teoría Lucía Corpacci y Raúl Jalil, que son como el agua y el aceite en sus posturas políticas.

Jalil es aliado de Milei, se lleva genial con Casa Rosada y hasta rompió los bloques peronistas en el Congreso para ayudar a Javier Milei, con legisladores puestos allá por el voto peronista. Eso muchos no se lo van a perdonar.

Corpacci, fanática kirchnerista, está enfocada en otra historia, como eterna devota de Cristina aunque la Jefa haya conducido a la fuerza a las últimas derrotas.

Para abajo, el descontento es total. Casi no hay funcionarios dirigentes, viven en mundos distintos. Y hay mucha desconfianza. Nadie está seguro de que la sucesión sea ordenada en las candidaturas, nadie sabe quién va a salir con un domingo 7.

Muchos dudan de que el clan Jalil salude, se despida y se vaya así nomás. Hasta la oposición lo sabe y por eso Flavio Fama echa leña al fuego avisando que se viene una traición.

Lo natural sería que vaya Gustavo Saadi por la gobernación: es el que más respaldo popular tiene. Pero hay que repartir para abajo y ordenar todo para que la tropa se una.

Esa incertidumbre deja a todos en stand by. Nadie termina de abrazarse a Jalil, nadie se anima a pelearse. Después de todo, la mayoría depende de él y sus decisiones.

Saadi tendrá que enamorar al electorado peronista desilusionado y enojado, sin romper con un Jalil que es amigo de Milei, y eso solo hace la campaña cuesta arriba. Por eso nadie arranca, todos esperan.

La cosa está complicada. En 2015 el peronismo venía tan fuerte que cualquier candidato que pusiera se sabía que iba a ganar. Por eso ganó Jalil. Hoy no hay mucho margen de error, y un paso en falso puede terminar en la peor pesadilla: volver al llano, para una generación de peronistas que convidó poco y nada a su gente, y que ya se acostumbró a la comodidad del poder.