Por el Dr. Federico Ruiz Martínez.
En los pueblos del interior profundo de Catamarca existe una realidad que, de tan cotidiana, hemos terminado por aceptar como natural. Jóvenes que trabajan por becas que ni siquiera alcanzan para alimentarse, familias que sobreviven pendientes de un subsidio y personas cuya subsistencia depende de la voluntad de algún funcionario.
Hemos comenzado a confundir la asistencia social con el asistencialismo, dos conceptos que representan modelos de sociedad profundamente diferentes.
La asistencia social constituye una obligación del Estado frente a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad, como la discapacidad o la pobreza extrema, entre otras, y quien necesita esa asistencia tiene derecho a exigirla, no a mendigarla.
El asistencialismo, en cambio, aprovecha determinadas situaciones de necesidad para establecer vínculos de dependencia económica o laboral, bajo distintas modalidades.
En ese marco, quien administra la ayuda elimina los criterios objetivos y transparentes de selección y decide discrecionalmente quiénes serán los «elegidos». Así, en lugar de reconocer derechos, actúa como dueño de recursos que son de todos y los distribuye como si fueran propios o los presenta como favores personales.
En lugar de combatir las causas de la pobreza y ofrecer oportunidades para salir adelante, retomar el propio camino y diseñar un proyecto de vida, se limita a aliviar sus consecuencias inmediatas, manteniendo las condiciones que originan la necesidad. Cuando esa ayuda queda sometida a la voluntad de quien gobierna, la necesidad de las personas puede convertirse en un instrumento para conservar el poder e incluso obtener beneficios personales a costa de los recursos que son de todos los vecinos.
La capacidad de diseñar nuestro propio proyecto de vida no es una frase hecha. Es poder imaginar un futuro y contar con oportunidades y herramientas reales para construirlo. Estudiar, aprender un oficio, conseguir un empleo digno, formar una familia, tener una vivienda, planificar unas vacaciones familiares o procurar que nuestros seres queridos tengan un futuro mejor.
No significa que el Estado deba garantizarnos el éxito, pero tampoco que pueda actuar como un obstáculo para alcanzarlo.
Quien permanece indefinidamente sujeto a una beca insuficiente, sin capacitación efectiva ni posibilidades de progreso, difícilmente pueda proyectar más allá de la próxima mensualidad.
Por eso, el éxito de una política social no debería medirse por la cantidad de becas o subsidios que distribuye, sino por las oportunidades reales que genera para que sus beneficiarios puedan construir una vida independiente. Una medida fundamental para evaluar el éxito o el fracaso de cualquier gobierno, cualquiera sea su signo político, es cuántas personas lograron acceder a un empleo formal o desarrollar una actividad independiente después de recibir asistencia estatal.
Conozco nuestras comunidades y me preocupa que generaciones enteras terminen aprendiendo a sobrevivir dependiendo de la voluntad ajena, en lugar de encontrar oportunidades para progresar mediante su trabajo y su esfuerzo.
La solidaridad auténtica no exige obediencia, no compra silencios ni necesita perpetuar la pobreza para justificar su existencia.
El Estado no debe producir ciudadanos agradecidos por la asistencia, sino promover condiciones para una vida digna y el ejercicio de los derechos con independencia.
Pensá, y evaluá si en tu pueblo hay asistencia social o asistencialismo. Fijate si, en definitiva, hay amor al prójimo o aprovechamiento.
Pensemos cómo queremos vivir y diseñemos nuestro futuro.





