Los diputados de Raúl Jalil jugaron contra Javier Milei en el Congreso de la Nación, pero justo-justo en la sesión que no se pudo realizar por falta de quórum, porque decidieron no bajar al recinto legisladores de Tucumán, Jujuy y Santa Fe.
Hay preguntas que nunca tendrán respuesta, entre ellas.
¿Si el quórum dependía de los catamarqueños, también hubieran bajado a sesionar? No se sabe.
La decisión de Fernando Monguillot, Sebastián Nóblega y Fernanda Ávila, ¿fue un acto de rebeldía contra Jalil, o fue un acto de rebeldía de Jalil contra Milei? Tampoco se sabrá.
¿Casa Rosada se enojo con la actitud de los diputados de su mejor amigo, en las vísperas de la visita de Milei a Catamarca? No se sabe.
Probablemente la sangre no llegue al río, porque como no hubo sesión, en Casa Rosada están contentos y no habría mayores reproches. El fracaso por culpa de otros, le permite a Jalil decirle a Milei que bajó porque no cambiaba nada, pero que si hubiera sido necesario no daba quórum; y al mismo tiempo le permite decirle al peronismo de Catamarca: “Vieron, no soy obediente a Milei”.
¿Jalil es un genio político? No se sabe.
Se sabe que el fracaso de la oposición en la Cámara de Diputados para rechazar el DNU 70/23 expuso una vez más los hilos invisibles de la negociación federal. Mientras el Gobierno lograba salvar su decreto clave gracias al auxilio estratégico de varios gobernadores, las grietas internas y los dobles discursos de los líderes provinciales quedaron bajo la lupa de la opinión pública, revelando que en la política argentina la lealtad es un bien de valor variable.
El caso de Catamarca resulta emblemático para entender esta dinámica de conveniencias mutuas. Que los legisladores del bloque “Elijo Catamarca” decidieran bajar al recinto a dar quórum, mientras el gobernador Raúl Jalil buscaba inversiones en Australia, no es un hecho aislado ni una muestra de rebeldía descontrolada. Es, más bien, el reflejo de un pragmatismo calculado que busca mantener el equilibrio sobre la cuerda floja de la grieta nacional.
Desde el entorno de la gobernación se intentó instalar la narrativa de una votación “por convicción” en temas sensibles como la salud y la educación. Sin embargo, resulta difícil disociar este movimiento de la fría lógica del tablero electoral. En el ajedrez político, simular una distancia con la Casa Rosada puede ser útil para contener el descontento del electorado propio sin romper los puentes financieros y estructurales que la provincia necesita para sobrevivir.
La tolerancia de Jalil hacia el quórum de sus diputados -a sabiendas de que la sesión caería de todos modos- emula las tácticas de otros mandatarios “dialoguistas” que juegan a dos puntas. Por un lado, se evita la ruptura total con el peronismo; por el otro, se preservan los acuerdos subterráneos con el oficialismo, los cuales ya han rendido frutos concretos como el control de Yacimientos Mineros Agua de Dionisio.
Esta ambigüedad, sin embargo, enciende alarmas en las terminales de poder de Balcarce 50, donde los armadores oficiales miran con desconfianza los gestos de autonomía de sus mejores aliados. El enojo en los pasillos de la Casa Rosada demuestra que el oficialismo exige certezas a cambio de gobernabilidad, especialmente cuando se discuten reformas de fondo y el armado de las listas para el recambio legislativo.
La política del “toma y daca” tiene límites difusos y riesgos elevados para quienes intentan ejecutarla. Aunque se anticipa que el bloque catamarqueño acompañará al Ejecutivo en debates cruciales como el Presupuesto o la eliminación de las PASO, el antecedente del DNU deja flotando muchas dudas.
En última instancia, el episodio desnuda la fragilidad de un sistema político donde las decisiones se toman mirando las encuestas locales y las transferencias de recursos antes que las plataformas ideológicas. Y en ese juego, Jalil sabe jugar.





