Olor a casta

El concepto sociopolítico de “la casta” es como una flatulencia que irrumpe, apestosa, en una reunión. Todos dan crédito de que existe, frunciendo el ceño y haciendo muecas de asco, pero nadie se hace cargo y señalan otros como culpables. Así es la política, donde abundan los privilegios y las prebendas para los círculos cercanos al poder, pero nadie se da por aludido. Aunque el usufructo del poder es evidente, nadie se autopercibe casta.

 

La designación de funcionarios y repartijas de cargos es, quizás, una de las manifestaciones más públicas y evidentes de este sistema de élites cerradas que perpetúan su poder y el goce de sus mieles. Un mecanismo que premia a familiares y amigos a la vez que concentra el manejo de lo público y sus ramificaciones hacia lo privado.

 

El nombramiento del nuevo Fiscal de Estado es un claro ejemplo, por donde se lo mire. La aprobación del pliego de Nicolás Rosales Matienzo para ocupar ese cargo es la casta operando en plenitud. Esta designación es para el susodicho una más en la seguidilla mudanzas de cargos, que lo llevó por la Asesoría General de Gobierno, el Ministerio de Gobierno y Justicia, el Ministerio de Educación y ahora su nuevo destino. Una diversidad de cargos y funciones logradas a fuerza de un solo mérito: el apellido.

 

Ese mismo apellido que, por su pertenencia a un clan del peronismo, desde hace más de 20 años le garantiza a toda la flia. ocupar cargos y acaparar candidaturas. Ministerios, secretarías, cargos nacionales, en la Legislatura, en la municipalidad y hasta en lo más encumbrado de la justicia. De un sillón a otro, cambiando de despacho y de área de gestión, todólogos bendecidos por su prerrogativa de sangre.

 

Muy oportuno para ilustrar el punto central de este escrito es el hecho de que la llegada de Rosales Matienzo a su nuevo cargo fue para reemplazar el espacio que dejó vacante otro miembro de la casta peronista, que se fue premiado con una canonjía en YMAD. Porque, otro beneficio exclusivo reservado para el círculo del poder, el retiro de sus miembros más longevos siempre es en esos cargos que exige poco esfuerzo pero proporciona grandes ventajas o beneficios económicos. Algo garantizado en la empresa minera estatal, donde van acovachando, con sueldos de varios millones, a los especímenes que ya reclaman descanso y estabilidad económica.

 

Al mismo tiempo, ciclo natural de la vida y la renovación de las castas, las siguientes generaciones van heredando sus privilegios. Veamos, por caso, el Tribunal de Cuentas (otro oasis del poder), donde un viejo representante de ese círculo, que heredó el apellido y los privilegios de su padre, que compartió esos privilegios con su hermano de larga y cómoda estadía en la justicia federal, y ya goza del retiro en actividad en el órgano de control, mientras su hijo, pichón de casta, ya comenzó su carrera con enorme proyección, siempre que el peronismo siga teniendo una cuota de poder.

 

Y así, con enroques y sucesiones, se van acaparando los espacios. Dentro del Estado y también en sus ramificaciones hacia lo privado, para hacer negocios desde adentro y reservarse las mejores tajadas de la torta. Porque, si algo caracteriza a la casta, es su angurria insaciable. No alcanza con garantizarse sueldos millonarios en la función pública. Siempre lo gordo está en lo que se arma por afuera, como los negocios en la minería, la obra pública, la salud, la provisión de Estado, entre otros. Todo controlado con sus tentáculos, garantizando negocios mega millonarios que manejan de los dos lados.

 

Armar un mapa de las conexiones vinculares, los espacios ocupados y sus diversificaciones en negocios privados que comercian con el propio Estado podría proporcionar una evidencia escandalosa de lo concentrado que está el poder político, judicial y económico de la Provincia, y de cómo esto va fluyendo hacia las nuevas generaciones. Porque aunque no se auto perciban casta, son casta en su máxima expresión. Por más que se hagan los desentendidos y señalen para otro lado, es evidente que el olor emana de ellos.