Cuestión de fe

Una serie de estudios y relevamientos recientes, muestran una profunda reconfiguración del mapa religioso en la Argentina, exponiendo una realidad que marcha a contramano de todo lo que tenemos instalado desde hace décadas como sociedad.

Los puntos salientes y llamativos confirman una abrupta caída del catolicismo, el fuerte crecimiento evangélico, y cambios en conductas personales, a partir de una tendencia que lleva a sostener creencias pero alejándose de las instituciones tradicionales.

Los datos son serios y no aluden a un fenómeno pasajero, sino a una situación que viene profundizándose desde hace varios años, según consigna el último informe del Barómetro de las Religiones y las Creencias en Argentina, del Observatorio de las Creencias en Argentina (Ocrear), perteneciente al Ciclo Básico Común (CBC) de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

El estudio muestra que una amplia mayoría de los argentinos afirma creer en Dios, pero esa adhesión no se traduce en prácticas regulares como asistir a celebraciones o rezar con frecuencia. El quiebre no es de fe, sino de vínculo: la religión organizada pierde centralidad como espacio de referencia, mientras gana terreno una espiritualidad más individual y menos estructurada.

Este fenómeno se expresa con mayor fuerza en los jóvenes, que presentan los niveles más bajos de participación institucional y de práctica religiosa. En contraste, los adultos mayores mantienen hábitos más arraigados, lo que marca una distancia generacional que anticipa cambios más profundos a futuro.

Los investigadores describen este escenario como un proceso de “desinstitucionalización religiosa”: la fe no desaparece, pero se redefine por fuera de las iglesias, los rituales y las autoridades tradicionales. En ese nuevo contexto, las creencias tienden a diversificarse y a construirse de manera más personal, con referencias que van desde lo espiritual hasta formas no religiosas de búsqueda de sentido.

El estudio es contundente cuando habla de un “quiebre de la histórica hegemonía católica y la consolidación de un escenario marcado por la diversidad y la desvinculación institucional”.

Según los datos relevados a partir de una encuesta probabilística de alcance nacional, aunque el catolicismo continúa siendo la religión mayoritaria con un 57,7% de adeptos, la cifra se encuentra muy lejos del 90% registrado a mediados del siglo XX.

El dato más significativo, se explica, es la consolidación de las personas sin filiación religiosa (que incluyen a quienes declaran no tener religión, a las personas agnósticas y ateas) como el segundo grupo en magnitud, alcanzando un 22,4%.

No es un detalle menor, porque la Iglesia Católica es reconocida como abrumadoramente mayoritaria, y recibe ese reconocimiento desde los aportes económicos hasta la relevancia que se le da institucionalmente cada vez que se expresa: está junto al poder, habla y conduce discursos, pero a la vista está que se le adjudica -por tradición- una representatividad que ya no tiene en los hechos.

Como contrapartida, el mundo evangélico se mantiene como la segunda identidad religiosa organizada con un crecimiento constante que se explica por el recambio generacional, según surge del informe. Los evangélicos pasaron de ser el 9% de la población en la medición del Conicet en 2008, al 15,3% en 2019 y hoy llegan a ser el 17,4%, lo que equivale a más de 8 millones de personas en todo el país, tomando como referencia la población oficial de 46.234.830 personas establecida por Censo Nacional de Población de 2022.

Es un avance notable, que excede el fenómeno nacional para advertirse en todo el continente, y se explica tanto por las decepciones ante el catolicismo como por el incansable trabajo en terreno que llevan adelante los evángélicos.

De este modo, los tres grupos principales en el país son el catolicismo, la población sin filiación religiosa y los evangélicos, que concentran juntos el 97,5% de la población.
Las demás creencias y religiones suman porcentajes bastante menores: los mormones fueron medidos junto con los testigos de Jehová (aunque son dos grupos completamente distintos) y entre ambos sumaron un 0,5% de la población. Esto, en números equivale a unas 233.675 personas de los dos grupos. Los mormones, el año pasado informaron que ellos solos ya tenían más de 500.000 miembros, número que no coincide con la realidad.
La religión umbanda/africanista representa, según este estudio, representa otro 0,5% de la población. Y los musulmanes son el 0,3%, equivalente a unas 138.000 personas. En tanto, los judíos son el 0,2%, lo que equivale a 92.470 habitantes.

El informe destaca que el motor principal de este cambio en el mapa de las religiones es un profundo proceso de reemplazo generacional. La edad es la variable que mejor explica el alejamiento de la fe institucionalizada.

Esta fractura sugiere, según señala el estudio, que las nuevas generaciones están configurando un mapa religioso mucho más fragmentado, donde la identidad católica ya no es la matriz única que estructura la vida social.

En términos de género, la situación tampoco es pareja: frente al alejamiento de los varones de las estructuras religiosas, el estudio confirma el patrón clásico de feminización de la religiosidad. Las mujeres presentan una mayor vinculación institucional, especialmente en el ámbito evangélico (19,3% frente al 15,2% de los hombres). En contraste, los hombres muestran una tendencia significativamente mayor a declararse sin filiación religiosa (25,7% frente al 18,8% de las mujeres).

La conclusión principal del trabajo fue que Argentina atraviesa una reconfiguración profunda de su campo religioso, caracterizada por mayor diversidad, menor centralidad del catolicismo y una creciente diferenciación social de las formas de creer.

También se habla del “fin de la hegemonía católica: El catolicismo continúa siendo mayoritario, pero pierde capacidad para estructurar la identidad religiosa de la población”.

Se menciona la consolidación de la pluralización: “El campo religioso se organiza en torno a múltiples formas de pertenencia, creencia y práctica”, dice el estudio que señala la centralidad del cambio generacional: “Las nuevas generaciones impulsan la transformación del mapa religioso”, se concluye.

Queda claro que no hay una competencia entre religiones, y lo importante es rescatar los mejores valores y enseñanzas de cada una en beneficio de la sociedad en su conjunto; pero también es importante distinguir que el país en el que crecimos es bastante diferente al que vivimos hoy.