Como si no fuera suficiente con los nombramientos y cargos que regala habitualmente a los radicales, el gobernador Raúl Jalil se burló de todo el peronismo con una actitud que fue recibida casi como una provocación, al recibir en Casa de Gobierno al exgobernador Oscar Castillo, el mayor enemigo en la historia del justicialismo catamarqueño.
Castillo se apareció para negociar obras para Ancasti, donde no es ni senador, ni intendente ni nada. Es tan evidente la falta de justificación a la presencia de este personaje que en el parte oficial ni siquiera lo nombraron, pero aparece en la foto, dándole indicaciones a Jalil.
Y la obra que se anunció es nada menos que la pavimentación a Ipiza, donde Castillo tiene su famosa residencia, allí donde hizo el acuerdo secreto con Jalil apenas empezó su mandato. Sin palabras.
Pero lo que más dolió y molestó en partes iguales, generando total indignación, es que sea Castillo quien tenga abiertas las puertas del despacho de Jalil, allí donde tantos peronistas no pueden ni acercarse porque los frena la policía en la puerta.
Tan luego Oscar, el que dedicó la mayor parte de su vida a basurear al peronismo, a perseguir, echar y humillar compañeros, a señalar narcodenuncias, a destruir la provincia con la inmundicia de la manipulación del Caso Morales, al que salía en los medios nacionales a hablar de fraude en Catamarca cuando perdía, al que repartía billetes en las caravanas de campaña, al del megafraude, al de las denuncias por enriquecimiento ilícito, al de las jubilaciones de pantalones cortos, al de las denuncias por desvíos de fondos mineros, al de la timba financiera, al de los bonos basura, al que tenía personal en negro en Ancasti, al de la fundación fantasma, a él lo recibe con honores el gobernador aliado de Milei, preparando su viaje a Paris mientras tiene el cargo de vicepresidente del PJ Catamarca.
Un insulto a la militancia por parte de Jalil, inaceptable.
La política actual suele justificarse bajo el paraguas del pragmatismo, la gobernabilidad y la necesidad de tender puentes en tiempos de crisis.
Sin embargo, hay gestos que cruzan fronteras simbólicas infranqueables y reabren heridas que la militancia no está dispuesta a olvidar. ¿Qué le debe Jalil a Oscar para arrodillarse y besarle el anillo, nombrarle su gente y sacarle lugares a los peronistas para ofrendárselos a Castillo?
La sola presencia del exgobernador radical en la Casa de Gobierno, ha encendido las alarmas y desatado una ola de profunda bronca en las bases y la dirigencia del peronismo de Catamarca. No porque sea radical, sino porque fue un destructor del PJ (y de la UCR también).
Para el justicialismo provincial, el apellido Castillo no representa una simple oposición democrática; está indisolublemente ligado a una de las etapas más oscuras de persecución política, hostigamiento judicial y desmantelamiento de los derechos de los trabajadores estatales identificados con el peronismo.
Quienes caminaron las calles en los años noventa y principios de los dos mil recuerdan perfectamente el costo humano y político de resistir a un régimen que, lejos de buscar el consenso, intentó disciplinar y asfixiar al movimiento peronista catamarqueño.
Ver hoy a Oscar Castillo ingresar con soltura a los despachos oficiales que tanto costó recuperar para el pueblo, y recibir el guiño de un mandatario que llegó al poder en nombre del peronismo, se siente en las unidades básicas como una claudicación histórica.
¿Se puede borrar de un plumazo la memoria de los compañeros perseguidos, cesanteados y marginados? El peronismo catamarqueño, que logró consolidar un proyecto de provincia transformador tras años de postergación bajo el Frente Cívico y Social, asiste con estupor a lo que muchos consideran una provocación innecesaria. No se trata de un capricho sectario ni de una resistencia al diálogo; se trata del resguardo de la dignidad partidaria, esa misma que Jalil burla con su romance con Milei en Buenos Aires y con Oscar en la cara de los catamarqueños.
Parece que es más importante asfaltarle la llegada a su mansión.
En Catamarca, el peronismo tiene memoria, y la foto de Casa de Gobierno es un trago amargo que la militancia difícilmente pueda digerir y olvidar.





