Hay una paradoja conocida como el hombre en el pantano, que si se queda quieto se hunde y si se mueve se hunde más rápido. Así, sin posibilidades de salir ileso, quedó el Gobierno de Javier Milei con el escándalo de Manuel Adorni.
Lo del jefe de Gabinete es indefendible: el hombre pasó de la noche a la mañana a vivir como un magnate, con gastos imposibles de justificar con sus ingresos. Viajes al exterior en aviones privados, vacaciones, compra de propiedades y excentricidades lo llevaron a enredarse en una red de excusas que ya no se cree nadie. Que le prestaron plata unas jubiladas, que encontró una herencia del padre, que encontró Bitcoins en un pendrive. Una cadena insoportable de excusas inconsistentes que ya hartaron a todos, incluso a los más firmes aliados de La Libertad Avanza, como el PRO.
Pero el problema es sólo mitad culpa de Adorni, la otra mitad es de Milei, que no hace más que agigantar y extender el problema negándose a eyectarlo del Gobierno, por una decisión que ya se parece a un capricho y que le está haciendo tremendo daño al oficialismo.
Ahora ya nadie sabe qué hacer. Algunos celebran que Adorni siga en su cargo, porque mientras más dure más debilita a Milei. Otros quieren echarlo como sea para mostrar que hay corrupción también en las fuerzas del cielo.
En el medio, el Congreso juega un rol clave, porque puede echarlo: tiene mecanismos para hacerlo, ya que Adorni mintió descaradamente ante el propio Congreso, y a las sospechas de enriquecimiento ilícito, cada vez más sólidas, le sumó el hecho de haber mentido en declaraciones juradas, algo confesado por él mismo.
El punto es qué conviene más. Y ya todo quedan entrampados.
Los legisladores dela oposición pueden intentar avanzar hacia una remoción, pero otros dudan en hacerlo Y la decisión no es fácil: si no lo echan quedan como cómplices o protectores de Adorni. Si lo echan lo dejan como víctima y le hacen un favor a Milei. Entonces evalúan no apoyar la remoción, y obligar a Milei a que lo eche, asumiendo el peso de su decisión.
Para una o para otra jugada, hay gobernadores que juegan un papel protagónico, como Raúl Jalil, que puede inclinar la balanza según lo que ordene a su tropa en el Senado y Diputados.
Pero, ¿qué es lo mejor?
¿Es más negocio echarlo y diferenciarse de la corrupción, o aumentar la presión para que Milei lo eche corriendo el riesgo de quedar como defensores del funcionario cuestionado?
Adorni se convirtió en una bola de nieve que nadie puede detener. Y los que pueden decidir, están calculando al mismo tiempo qué los beneficia más, y cómo pueden hacer más daño al adversario.
Una novela tan potente que ni el Mundial ni los goles de Messi pudieron opacar.





