Como las grabaciones de Misión Imposible, el diputado Javier Galán parece a punto de marcar un record para destruirse solo, ya que en un puñadito de meses pasó de ser la sensación en las elecciones legislativas a hundirse como el Titanic.
Galán, que se fascinó con los juegos mediáticos y la adicción a las redes sociales que tan bien le funcionó en la campaña, convirtió su tarea parlamentaria en un show, y mordió la banquina muy rápido.
Ahora ya tiene una montaña de causas y denuncias, y un pedido formal de desafuero para responder a la justicia.
Como era de esperar, él asume la postura de víctima perseguida, un político heorico al que el sistema rechaza, pero no parece ser así.
Parece que nombró gente en la Cámara de Diputados para que el Estado les pague el sueldo y hacerlos trabajar en su negocio. Parece que se quedaba parte de esos sueldos. Parece que hizo amenazas.
Galán pide que se disculpen con él porque no es violador. Pero eso no se sabe. No fue absuelto ni desestimado por las denuncias de abuso sexual. Si no le pidieron desafuero por esos delicados temas es porque todavía las denuncias están en trámite.
Galán asumió en diciembre último. Recién empieza julio. En medio año hizo un desastre, que arrancó con horribles acusaciones y denuncias con gente de su propio partido.
Un completo mamarracho que defrauda a todos los que lo votaron, que tendrá mucho que explicar en la justicia, y que como mínimo ha demostrado rápidamente que la política le queda grande. Y miren que hay que hacer méritos para destacarse por mal desempeño en una legislatura llena de inoperantes. Pero al menos no son tan torpes.
Galán se pasa los días señalando a quienes lo quieren destruir, y no se da cuenta de que todo el trabajo lo hizo solito y solo.
Tanto quería mostrarse como el “distinto” y lo logró: ya tiene pedido de desafuero. Los demás no.
El catucho





