La espectacularidad de la política no es nueva. Pero las redes sociales la potenciaron llevándola a niveles chocantes. Las posibilidades de penetración e inmediatez que brindan los entornos digitales, más su comprobada eficacia para impactar en una sociedad cada vez menos crítica, más superficial y más holgazana intelectualmente hicieron de la teatralización en la gestión y la ostentación descarada de la “caridad” un fenómeno viral en el sentido más negativo de la palabra.
En la arena política local, el ahora diputado Javier Galán es uno de los personajes que mejor supo aprovechar la puesta en escena digital. Tanto así, que a fuerza de su show mediatizado en las redes logró acceder a una banca en la Legislatura provincial. Lo hizo en campaña y todo demuestra que lo seguirá haciendo en el ejercicio de su función.
En esa línea, el libertario renegado salió a anunciar la donación de su primer ingreso como legislador, haciendo notar que el destino final de los recursos sería causas benéficas o apoyo a emprendedores. Por supuesto, pregonando sin pudor su propia bondad para que todos sepan lo “buen samaritano” que es. Exhibiendo con lujo de detalles su “ayuda desinteresada” y exponiendo públicamente como trofeos a sus beneficiarios.
Acatando a ultranza la máxima de los entornos digitales, donde lo que funciona se replica hasta el hartazgo, por detrás salió la diputada Valentina Reynoso, libertaria orgánica, a hacer el mismo show de caridad publicitaria. En su caso, convirtiendo la beneficencia en un concurso de Instagram donde la gente debe competir por sus donativos.
Al final de cuentas, de eso se trata. De convertir la actividad política en un espectáculo, donde la imagen, el conflicto y la emoción priman sobre el debate racional y el contenido sustantivo, usando la escenografía, la teatralización y las redes sociales para captar atención y generar un impacto emocional. Aunque haya que aprovechar las desgracias ajenas y pisotear alguna que otra dignidad.
Nada tiene que ver con la sensibilidad social, ni con la solidaridad ni con el compromiso hacia las causas nobles. Es pura vanidad disfrazada de empatía, expuesta con alarde y motivada por un oportunismo indecente. Generosidad como contenido marketinero para redes persiguiendo los me gusta y las interacciones que alimentan sus egos.
La contracara, triste y necesaria, de este fenómeno es la necesidad de tantos catamarqueños, que por una ayuda que los saque de lona, entregan la dignidad y se prestan al juego que los expone. Una dinámica perversa entre la política oportunista y ególatra y la sociedad hundida en la desesperanza. Estrategia propagandística que necesita de los pobres como insumo para su show.
Inescrupulosos y contradictorios por partes iguales, son los mismo libertarios que predican el fin del populismo quienes más rédito sacan de la bondad sobreactuada y exhibicionista, usando los recursos públicos para fondear sus jueguitos de influencers del altruismo, usufructuando las miserias y banalizando las penurias.
En estos tiempos de conciencia cristiana bien valdría recordarles la advertencia del Gran Maestro, que decía: “No dejes que tu mano izquierda sepa lo que tu mano derecha está haciendo”, aconsejando que las obras de bien, la generosidad y la misericordia debían ser tan secretas que ni siquiera se enterara la mano contraria a la que daba.
El dar, enseñan los evangelio, debe ser secreto. Lo contrario, decía, es lo que hacen los “hipócritas”, que practican “su justicia delante de los hombres” y “tocan trompetas” para publicitar su misericordia “a fin de ser observados”.
Como hacían los fariseos. Una gran parafernalia pública para que todos supieran de sus actos de bondad. Como hacen los políticos de la viralidad, alardeando de su generosidad. Tocando las trompetas para que todos sepan su desinteresado accionar. Que de la gente les interesa poco y solo busca la admiración digital y el reconocimiento del algoritmo.





