Espejismos de asfalto y riquezas enterradas

El reciente Día de la Pachamama nos devolvió una postal repetida: el gobernador Raúl Jalil, entre copleras y sahumerios, rindiendo culto a la Madre Tierra y prometiendo asfalto. La inauguración de la ruta entre Fiambalá y Antofagasta de la Sierra para el próximo 5 de octubre se presenta como el gran trofeo de gestión.

Sin embargo, detrás del relato de la infraestructura y el latiguillo oficial de que “Catamarca está creciendo”, la realidad económica de los catamarqueños asfixia y desmiente cualquier optimismo de tribuna.

El contraste es alarmante. Mientras el gobierno provincial se autoelogia por inaugurar caminos, el entramado productivo privado vive un auténtico derrumbe. Según datos de la consultora Politikon Chaco, la provincia lidera la caída del empleo privado en todo el Noroeste Argentino (NOA), con una pérdida neta de 4.806 puestos de trabajo y un desplome del 12,3% desde el inicio de la actual gestión nacional y provincial.

Catamarca destruye trabajo formal a un ritmo superior al de vecinas golpeadas como La Rioja (-10,5%) o Santiago del Estero (-8,2%). ¿De qué sirve una nueva ruta si las familias no tienen un ingreso digno para transitarla?

Esta sangría laboral se traduce de forma directa en los bolsillos de la gente, empujando a la provincia al segundo puesto del ranking nacional de morosidad. Con un escalofriante 34,2% de deudores que arrastran meses de incumplimiento, la población sobrevive recurriendo al fiado, a la tarjeta o al préstamo para tapar baches cotidianos.

El dato más crudo del colapso financiero es el salto de los deudores considerados “irrecuperables” (con más de un año de atraso), que casi se duplicó hasta alcanzar el 21,6%, superando por mucho la media del país.

En este escenario de tierra arrasada para el trabajador común, surge la pregunta inevitable y postergada: ¿Dónde está el impacto de la actividad minera?

Catamarca es, en el discurso global, una potencia minera, la tierra del litio y del oro, el imán de inversiones multimillonarias que prometían transformar la región. Pero la cruda realidad demuestra que la minería en la provincia opera como una economía de enclave: extrae la riqueza del suelo, genera jugosas ganancias para corporaciones extranjeras y deja migajas, sin lograr generar un empleo local masivo ni un derrame real en el comercio o la industria de la provincia. Las promesas de prosperidad se evaporan mucho antes de llegar a los barrios y a los hogares de los trabajadores.

Los rituales a la Pachamama no sirven más que como una puesta en escena. Agradecer a la tierra exige, primero, defender a su pueblo de la precarización y la pobreza. Mientras el gobierno provincial siga apostando al espejismo de la obra pública aislada y consienta un modelo siempre de espaldas a la gente, el crecimiento del que habla Jalil seguirá siendo un eslogan vacío. Catamarca no necesita más discursos de prosperidad subterránea; necesita que la riqueza que se va en camiones se traduzca de una vez por todas en empleo digno, salarios reales y estabilidad para su población.