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La educación a distancia no funciona

El abrupto cierre de las escuelas de todos los niveles en el país, puso automáticamente en marcha un sistema de educación a distancia, clases no presenciales y enseñanza por vías alternativas como plataformas digitales y cuadernillos.

Vale el intento, ante razones de fuerza mayor como la inminente llegada de una pandemia que está causando estragos en los cinco continentes, pero la aplicación de un sistema de emergencia para no detener las clases, hay que decirlo, dista mucho de ser efectivo.

Las autoridades educativas se apuraron a decir que tenían bastante resuelto el problema y se esfuerzan por mostrar acción educativa, cuando la verdad es que se diseñó un esquema que deja prácticamente afuera a los verdaderos protagonistas, que son los alumnos.

Vemos así docentes desvelados por lucirse ante supervisores y superiores, que mandan toneladas de actividades sin coordinación alguna con otros docentes, abrumando a los alumnos con tareas imposibles que les demandan a toda hora, cuya realización no sólo ocuparía completo el horario escolar, sino que les exigirían días de 40 horas para completar todo.

Sin explicaciones, sin orientación, como si la educación fuera la máxima expresión de la burocracia, les envían planillas, planillas, más planillas y cuestionarios, con la optimista idea de que aprendan algo que nadie les enseñó jamás, sólo porque les piden que lo hagan.

Se ven así docentes orgullosos de todo lo que mandan a los alumnos, superiores contentos por ver la gran cantidad de material que circula, y en el último eslabón, estudiantes que no distinguen patas ni cabeza de la montaña de tareas, creando culpas, malestares, recriminaciones de padres y un clima que sólo aporta más tensión y frustración al obligado encierro.

Quizás sea antipático decirlo, pero la verdad es que estos métodos a distancia no funcionan. Sólo lavan culpas de los responsables de la educación, y aportan poco y nada a los alumnos que ya en condiciones regulares tienen problemas, y ahora directamente se sienten aplastados.

A los chicos los amenazan con que van a evaluarlos, aprobarlos o reprobarlos, y entonces están los que intentan hacer algo y los que se resignan a no hacer nada entre retos y lamentos familiares.

Empeora el panorama el histórico pésimo o paupérrimo servicio de internet que caracteriza a Catamarca, donde la conectividad es cuestión de azar, el servicio es costoso para quienes usan datos del teléfono, y la mayoría no tiene nada, ni un cable para asomarse al mundo de la web.

Esto ocurre porque los gigantes de la telefonía y los servicios de internet, particularmente en esta provincia, lideraron siempre dos rankings: los de mayores ganancias y los de mayores reclamos generados.

Recaudan fortunas descomunales pero los niveles de inversión son siempre mínimos e indispensables como para mantener el negocio en pie ofreciendo lo básico y nada más.

Hace al menos una década que en Catamarca se promete la fibra óptica, y tristemente no avanzó nunca, porque ni Estado ni empresas metieron la mano en el bolsillo para resolver la conectividad, que hoy no es un lujo sino un servicio básico, máxime ante situaciones como la actual.

Y si la mirada sale un poco de los barrios y nos vamos al interior, el cuadro es dramático. Creer que los alumnos van a avanzar algo estudiando por internet es una vaga ilusión, que sirve para tapar el bache educativo en los spots publicitarios, pero muy muy lejos está de enseñar algo a los alumnos.

La visión del catucho

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