Las recientes declaraciones del gobernador Raúl Jalil, quien pasea en la Ciudad del Amor junto a Javier Milei y una comitiva de “pelucas”, han encendido alarmas lógicas porque lo muestran desvinculado de la realidad, política y social. Asegurar con tono de infalibilidad que “siempre gana las elecciones” no solo roza la soberbia política, sino que expone una preocupante desconexión entre la dirigencia y las bases de una ciudadanía que está bastante cansada y golpeada.
Es paradójico que estas expresiones surjan precisamente a miles de kilómetros de la provincia, en la capital de la República Francesa, cuna de los valores republicanos de igualdad y división del poder. En momentos donde los debates locales giran en torno a la reforma electoral y el reparto de candidaturas, la gente, esa que no viajó ni viajará a Europa en su vida, se hunde en otros problemas, como las deudas y la asfixia financiera de quienes no tienen negocios para elegir con la carta de presentación del Estado, ni pasajes gratis a disposición para recorrer el planeta.
Aunque los números del pasado le hayan sonreído en la provincia, casi siempre a caballo de los votos de otro candidato, Jalil debería saber que el capital político no es un cheque en blanco perpetuo, especialmente en un contexto económico provincial crítico y complejo, donde la realidad de los trabajadores dista bastante de la de un Gobierno que pide préstamos para especular y ganar intereses porque le sobra.
Jalil ha dedicado casi toda su gestión a los cantos de sirena de la minería. Se reunió con más CEOs extranjeros que con gremialistas locales, y evidentemente no ha tomado nota de lo que pasa en la calle.
Desde la delegación libertaria se da el lujo de aconsejar al peronismo que “cambie la agenda”, y no capta que sus votantes no están desvelados por el RIGI ni el Super RIGI, ni tienen en agenda seducir inversores.
Capaz el año que viene lo comprenda mejor.





