Perú celebra este domingo 12 de abril unas elecciones generales atravesadas por una profunda crisis institucional, en las que más de 27 millones de ciudadanos están habilitados para votar en busca de un nuevo presidente, en un escenario caracterizado por la fragmentación política y la ausencia de liderazgos consolidados.
La contienda presenta un récord histórico de 35 candidatos presidenciales, una cifra inédita en la región que refleja el debilitamiento de los partidos tradicionales y la creciente desconfianza ciudadana hacia la clase política.
A diferencia de otros procesos electorales, ningún postulante logra superar el 15% de intención de voto, lo que anticipa un escenario altamente competitivo y prácticamente garantiza una segunda vuelta prevista para el 7 de junio.
Entre los principales nombres aparecen figuras conocidas como Keiko Fujimori —quien busca la presidencia por cuarta vez—, el exalcalde Ricardo Belmont, el humorista convertido en candidato Carlos Álvarez y el dirigente conservador Rafael López Aliaga. Sin embargo, ninguno logra despegar con claridad en las encuestas.
El trasfondo de estos comicios es una década de fuerte inestabilidad política. Desde 2016, el país ha tenido múltiples presidentes —varios de ellos destituidos, procesados o encarcelados—, lo que ha erosionado la confianza en las instituciones y profundizado el desencanto social.
En este contexto, la campaña electoral ha estado dominada por propuestas centradas en la seguridad, en respuesta al aumento de la criminalidad y la percepción de inseguridad. Muchos candidatos han impulsado medidas duras, como mayor participación militar en tareas internas o reformas penales más severas, mientras que otros temas estructurales como salud y educación han quedado relegados.
La fragmentación también se refleja en el sistema político: más de 40 partidos participan en el proceso electoral, lo que anticipa un Congreso dividido y con dificultades para construir mayorías, incluso después de la elección presidencial.
Además, estas elecciones introducen cambios institucionales importantes, como el retorno al sistema bicameral con la reinstauración del Senado, lo que podría alterar el equilibrio de poder y sumar complejidad a la gobernabilidad futura.
Analistas coinciden en que el principal desafío no será solo elegir un nuevo presidente, sino recuperar la estabilidad política en un país donde el electorado se muestra cada vez más indeciso y desconectado de sus representantes. En ese marco, el resultado de esta primera vuelta aparece abierto e impredecible, con un electorado que, en gran medida, podría definir su voto en el último momento.





