Carne de cañón

La sección de Policiales en los diarios de hoy vuelve a reportar una escena tristemente repetida durante el último año en Catamarca: una mujer detenida por transportar droga en un ómnibus de larga distancia. Una postal que no solo retrata el preocupante crecimiento del narcotráfico en la región, sino que saca a la superficie la desgracia subyacente de este rentable negocio ilegal: la explotación de los más vulnerables como carne de cañón. Personas descartables sacrificadas para sostener la corrupta actividad en un contexto económico y social que expulsa y empuja a la marginalidad.

Cuando se habla del narcotráfico y sus víctimas, es común pensar en los consumidores, personas arruinadas por el uso abusivo de las drogas. Sin embargo este encuadre deja afuera a un montón de otras víctimas del perverso sistema explotadas en diferentes instancias de la cadena de producción y distribución. Personas que suelen compartir características de vulnerabilidad y que son coptadas para sostener el sistema. Entre estas, las mujeres son un blanco predilecto.

No se trata de justificar las conductas ilegales ni exculpar por su género a quienes participan en el narcotráfico. Sino de señalar una realidad innegable: la feminización del transporte de drogas, que exprime la vulnerabilidad y marginalidad de cientos de mujeres, usandolas en el eslabón más peligroso y menos rentable de la narco industria.

La repitencias de casos en los últimos meses señalan claramente que en Catamarca se replica un patrón largamente documentado, que se replica a nivel nacional, en el que las mujeres, en contextos de necesidad y exclusión, suele participar como un último recurso contra la indigencia. En el otro extremo de la rentabilidad inmoral y ultra protección que tienen los cabecillas de las organizaciones, estas mujeres ponen literalmente el cuerpo para cumplir su tarea.

Las estadísticas así lo indican. Un gran porcentaje de las mujeres detenidas en el Sistema Penitenciario Federal es por infracción a la Ley 23.737 de Estupefacientes. De estas, la enorme mayoría son “mulas” o “kiosqueras” en condiciones sumamente precarias, expuestas en un sistema que incluso sacrifica gente y mercancía en maniobras de distracción y estrategias de camuflaje.

Investigaciones como las del Centro de Estudios Legales y Sociales) y la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia sustentan esta descripción de la realidad, centrándose en la intersección entre género, pobreza y el sistema penal. Sus trabajos destacan que las mujeres vinculadas al microtráfico suelen ser madres jóvenes, sin recursos económicos, educación ni empleo formal, con antecedentes de haber sufrido violencia de género antes de su detención. En muchos casos, coaccionadas por parejas o redes que utilizan su vulnerabilidad para que ellas “pongan el cuerpo” mientras los líderes permanecen en las sombras.

Cuando una mujer es detenida por tráfico de drogas, el impacto no termina en la celda. La tragedia se agrava cuando esas mujeres son madres, frecuentemente único sostén económico de sus familias, con hijos pequeños que quedan a la deriva o bajo el cuidado estatal, perpetuando el ciclo de exclusión. Un panorama desolador

El narcotráfico se aprovecha de la precariedad estructural. En sectores vulnerables no solo ofrece “dinero fácil”, cooptando cuerpos para convertirlos en eslabones descartables de la cadena criminal. El desempleo, la falta de oportunidades, el acceso desigual a la educación suelen ser el caldo de cultivo de estas desesperantes realidades.

Que esto se esté registrando con cada vez más frecuencia en Catamarca es síntoma de una desoladora realidad. En una provincia donde los políticos vanalizan la problematica y la usan solo para sus intereses electorales, donde los gobernantes, con sueldos millonarios, empatizan cada vez menos con el pueblo, donde abunda el desempleo y escasean las posibilidades de progreso, donde las adicciones crecen ante la falta de contención estatal de sus víctimas, que estos hechos se repitan no sorprende. Duele, desespera, angustia, pero no sorprende. Son la carne de cañón de un sistema perverso y un Estado ausente.