Que el peronismo pasa el peor momento de su historia ya no lo puede negar nadie. Es un sector político que invita a la nostalgia, limitado a quejas y lamentos, que nunca había caído tan bajo en 80 años.
Tuvo momentos malos, como la prescripción en el exilio de Perón, pero era muy distinta la situación: había sido desalojado injusta y violentamente del poder, con un bombardeo, y mantenía el respaldo popular.
Ahora no le queda casi nada. De las últimas seis grandes elecciones nacionales perdió cinco, y la única que ganó terminó en el fiasco de Alberto Fernández.
No tiene líderes ni conducción. La presidenta del partido está presa por corrupción. Se tiran de los pelos en internas y vienen de recibir tremenda paliza de Milei.
Les quedaba como último rincón de resistencia el Congreso, donde el año pasado hacían fuerza y voltearon algunos vetos y proyectos. Pero entre los que se fueron y los que se vendieron, no quedó ni eso.
En el Senado y en Diputados los pasaron como alambre caído y el Gobierno aprobó todo lo que se le dio la gana.
¿Los gremios? Duermen la siesta. Dicen que la reforma laboral quita derechos, pero le hicieron un guiño a cambio de que les mantengan los aportes. La CGT llamó a un paro por compromiso, ahora que ya está todo cocinado.
Perdieron las calles, los votos, las redes sociales, el discurso. Cachetada tras cachetada, no reaccionan. Y para colmo cuando alguno habla sale con el reclamo de “Cristina libre”, como si a alguien le importara.
Ese reclamo no arranca porque el peronismo perdió a su militancia. Se la pasaron años cantando que “si la tocan a Cristina…” la que se iba a armar. Y no se armó nada. Y no ganan nada.
Creían que iban a zafar eternamente. SI Menem hacía desastres “no era peronista”. Si Alberto hacía desastres “no fue un gobierno peronista”. Y creyeron que seguirían siempre invictos sólo por no hacerse cargo de nada. No funciona así.
“Me vas a ver hasta el último día de tu vida”, desafiaban los peronistas.
Y no sé si te voy a ver… gobernando el país me parece que ya no.





