La confirmación de la condena y detención del ex intendente Elpidio Guaráz, además de ser el fin de un proceso punitivo que castiga sus delitos, expone a un sistema político indulgente cuando le conviene. Que hace la vista gorda a la inconducta de los actores que le son funcionales.
Guaráz dice en sus redes sociales que la sentencia de culpabilidad y la condena a 9 años de prisión por abuso sexual que comenzaráa cumplir hoy es la represalia por ponerse en contra del poder. Y desparrama acusaciones y teorías de complots en su contra, intentando exculparse de sus delitos aberrantes con historias de conspiraciones.
Después de un larguísimo proceso judicial que atravesó todas las instancias posibles hasta llegar a la Corte de Justicia, no parece razonable pensar en causas armadas ni arremetidas revanchistas del poder político, que, sin embargo, de esto sale manchado. Porque sobre todo el sistema recae la responsabilidad del silencio.
La política tiene la dañina costumbre de barrer bajo la alfombra la mugre que no le conviene que se vea. Una ya naturalizada práctica de mirar para otro y tolerar cualquier cosa, inclusive las muy graves, siempre que los involucrados le sean funcionales. Y asi, durante años, Elpidio Guaraz construyó un poder casi dictatorial y coercitivo en su feudo, alentado por la tolerancia del sistema político.
Lo que le pasa hoy a Guaraz es consecuencia de sus actos. Lo que llegó a ser Guaraz en sus años de intendente es responsabilidad de un sistema que, mientras le aseguraba voso, nunca le puso un límite.
La condena que hoy lo deposita en prisión es por un hecho espantoso, como el abuso de una joven con la que empezó a tener una relación cuando ella era menor de edad y que, trás años de violencia y sometimientos tuvo que huir escondida en el baúl de un auto para salvar su vida. Pero este es un episodio de los tantos en los que se materializó su conducta despótica.
En los 16 años en los que fue intendente de Santa Rosa, Guaráz acumuló decenas de denuncias por incumplimiento de los deberes de funcionario público, abuso de autoridad, intimidación pública y malversación de fondos. Estuvo 16 años de forma ininterrumpida ejerciendo el poder como dueño del municipio. Y sin embargo nunca hubo un pronunciamiento de los dirigentes partidarios o de los líderes del proyecto político con el que legalizaba su tiranía.
Compartió boleta electoral con las principales figuras del peronismo, con una complicidad implícita de los que, en las mesas chicas, tiene el poder de poner y sacar, y que sin embargo nunca lo impugnaron porque sumaba votos. Una historia repetida.
Guaraz, hoy preso por abuso, construyó su poder violento beneficiado por ese aparato que a los funcionales les perdona cualquier cosa. Hasta que se salen de control y simplemente le dan la espalda sin nunca antes haberlos repudiado.
Se dice una víctima que cayó en desgracia por ponerse en contra del poder político. Sin embargo, la responsabilidad del poder político no está en lo que le pasa hoy, sino en lo que llegó a ser. Y la víctima no es él, sino la gente que vivió bajó su autoritarismo.





