Con solo 10 años, es fanático de la mecánica automotriz y ya está construyendo su futuro auto

Santino Gómez no llegó a la mecánica por una decisión repentina ni por una moda pasajera, sino por algo mucho más profundo, casi natural, como si el oficio le hubiera estado esperando desde siempre.

Tenía un año y ya agarraba la llave e intentaba hacer algo en el auto. No sabía qué, pero algo trataba de arreglar. Hoy llegan los clientes al taller, Santino escucha el motor y ya les dice qué es lo hay que reparar” explicó su papá, Franco, en una entrevista, todavía sorprendido por algo que empezó como un juego y terminó convirtiéndose en una vocación para su nene.

Mientras otros chicos crecían entre juguetes, Santino se crio mirando cómo su papá trabajaba, observando en silencio, preguntando poco y probando mucho, hasta que lo que parecía curiosidad infantil empezó a transformarse en habilidad.

“A mí me gusta mucho desarmar, no tanto armar de cero. Me interesa ver qué hay adentro, cuántas tuercas tiene una parte del auto. Eso es lo que más disfruto”, dijo con naturalidad, como si hablara de cualquier pasatiempo.

En el taller no es un espectador, ni un “hijo del dueño” que anda dando vueltas, sino uno más, alguien que aprende, ayuda y se equivoca, siempre bajo la mirada de su padre.

“Yo quiero que él se exprese y haga lo que le guste. A su vez, trato de enseñarle el valor de las cosas, que entienda lo que cuesta”, reconoció Franco. Ese aprendizaje no pasa sólo por lo técnico, sino también por el esfuerzo y la responsabilidad. Cada pequeño trabajo tiene su recompensa, una moneda que Santino guarda porque sabe que fue ganada.

“No se cuánto tengo ahorrado, pero sí varias moneditas. Mi papá me dice que las guarde y ahorre”, explicó Santino.

En la casa de los Gómez no hay penitencias tradicionales, porque el único castigo capaz de ordenar cualquier travesura es uno muy particular: no pisar el taller.

“Yo me esfuerzo por traer buenas notas y no mandarme mocos, porque sino es verdad, no puedo ir por una semana al taller”, comentó Santino

Para él, quedarse en casa no es descanso, sino frustración. Porque el taller, más que un lugar de trabajo, es su mundo. “Por ahí me quieren llevar a un cumpleaños o a jugar, pero yo me quiero quedar en el taller”, aseguró.

Y si no puede ir, improvisa. “Tengo juguetes. Los desarmo. Trato de entender cómo funcionan por dentro”, contó. Aunque si le preguntan si luego los vuelve a armar, responde con certeza que sí, ya que en su casa el orden es muy importante.

Y mientras otros nenes prefieren salir a jugar, él prefiere ir al taller, ese lugar donde encontró su verdadera pasión.