Graciela Fernández Meijide cumple 95 años en una fecha cargada de sentido histórico, atravesada por la memoria del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Su vida pública y su compromiso con los derechos humanos están marcados por una experiencia personal irreparable: la desaparición de su hijo Pablo durante la última dictadura militar.
A partir de ese dolor, Fernández Meijide construyó una militancia sostenida en el tiempo, caracterizada por la sobriedad, el pudor y la decisión de no utilizar su tragedia personal como herramienta política. Lejos de convertir la pérdida en consigna, eligió transformar la ausencia en una causa colectiva, abrazando el reclamo de justicia de miles de familias atravesadas por el mismo destino.
Su recorrido incluye un rol central en los organismos de derechos humanos y una posterior participación en la vida política institucional, donde se destacó por su firmeza, su ética y su rechazo a los atajos del marketing político. En ese camino, se consolidó como una figura respetada incluso por quienes no compartieron sus posiciones partidarias, en un contexto atravesado por agravios, disputas de poder y profundas tensiones sociales.
Fernández Meijide representa a una generación de mujeres que enfrentaron el terror estatal sin resignarse al silencio. Mujeres que atravesaron la angustia, la espera interminable y la certeza devastadora de la pérdida, pero que lograron convertir ese sufrimiento en una voluntad activa de transformación democrática.
Su figura permite reflexionar no sólo sobre los crímenes del pasado, sino también sobre las huellas que la dictadura dejó en la sociedad argentina y sobre aquello que resistió: la solidaridad, la persistencia y la defensa irrestricta de los derechos humanos como base de la convivencia democrática.
A los 95 años, Graciela Fernández Meijide sigue siendo un testimonio vivo de que el dolor no necesariamente conduce a la resignación, y de que la política puede —y debe— ser un espacio de decencia, lucidez y compromiso con la justicia.
Fuente: La Nación





