Ancasti, bien… gracias por preguntar

Llegaron las elecciones de medio término, con las primarias que definen los candidatos para la renovación parcial de las cámaras legislativas, y el país está pendiente de la suerte de macristas y kirchneristas, que tendrán un duelo durísimo, sobre todo en terreno bonaerense.

Por Catamarca, el margen de duda es menor, se sabe que la Cámara de Diputados local seguirá sin dueño, y las fuerzas mayoritarias compiten para ver cómo se posicionan, más con la cabeza puesta en el 2019 que en el Congreso.

Con toda la maquinaria proselitista echada al ruedo, el mundo polítco goza de la adrenalina que más le gusta, y en ese torbellino ya nadie habla de la situación de la Municipalidad de Ancasti, que primero desapareció de los titulares y ahora quedó momentáneamente en el olvido.

Lo concreto es que se completará prácticamente un año en que el municipio ancasteño será gobernado, como lo es ahora, por un intendente que nadie votó, y que pertenece al espacio político que perdió las elecciones.

Un imprevisto -la desgracia que le costó la vida a Antonio Córdoba- muestra así las falencias de un sistema con muchas flaquezas, que en tiempos de democracia permite ocupar un sillón sujeto a elección, a quienes el pueblo rechazó para esa función.

Cuando el intendente murió, muchos olfatearon la oportunidad y no perdieron tiempo. Otros temieron lo que finalmente pasó: les arrebataron la intendencia.

El FCyS – Cambiemos y el FJPV se conocen de memoria, y por eso se lanzaron a una encarnizada batalla por el control de la pequeña comuna, cuando los parientes de Córdoba todavía lloraban su partida.

Vino un papelón político, adornado con bochornosas actitudes y declaraciones, seguido por una intervención judicial, no menos escandalosa. Maniobras truchas, convocatorias, suspensiones, lanzamiento de candidatos, denuncias y un cambalache enorme que quedó en la nada.

Ahí está Rodolfo Santillán con su traje de intendente, sin ningún apuro por convocar a elecciones, y usando el cargo para armar su estructura para el día en que la gente pueda votar.

Los mecanismos previstos para estos casos -fallecimiento de una autoridad en ejercicio- son claros. Pero como cada uno los interpreta según su conveniencia y busca acomodar las reglas para su beneficio, pasa lo que pasó.

Unos y otros se sacaron los ojos por sus intereses, y a nadie le importó el derecho de la gente a elegir quién gobierna.

Así es la triste realidad de Ancasti, que hoy a la mayoría ni siquiera interesa.